sábado, 10 de noviembre de 2012

Las Crónicas de Norton: Relato 1 - Parte 2/3

   Seguí caminando, los búhos se alejaban conforme me iba acercando a mi próximo destino...
   
   "Quédate" me decía una y otra vez esa voz tenue y vagamente distinguible entre los murmullos de los animales y el resoplar del viento, entre las hojas de los árboles que caían tras de mí como si de una sombra se tratase. No veía nada más que niebla, árboles y algún que otro animal mofándose de mí, o al menos eso me parecía... En ese momento intentaba encontrar un rayo de luz en mis pensamientos, pero sólo encontraba oscuridad.
      
   ¿Dónde estaba el pueblo del que provenía? Lo que vi no era nada parecido a lo que yo calificaba por normal en este pueblo, antes las personas no huían de nadie, ahora van entrando en sus casas al verme y yo me quedaba cada vez más sola entre la oscuridad. Las pocas personas que había se estaban volviendo paranoicas.

   Una vez dejé atrás ese extraño pueblo que no reconocía vi un camino que nunca antes había visto, un afluente de la salida del pueblo que se adentraba en un bosque sombrío en el cual antes jugaba con mis vecinos. Cogí ese camino para saber qué había por allí, y solo encontraba oscuridad.

   Anduve durante horas, hasta que al final, entre tanta oscuridad, pude divisar un pico alto, parecía la entrada a una iglesia; y en efecto, eso era. Cada vez estaba más cerca de la iglesia, empecé a correr casi sin darme cuenta, sólo tenía en mente entrar allí para alejarme de lo que me seguía. ¿Qué me seguía? No lo sé.

   La puerta estaba cerrada, un terror indescriptible me invadía al ver que mi único refugio "seguro" estaba obstaculizado por un gran candado oxidado... Logré entrar, me quedé más tranquila y empecé a recuperar la cordura.

   Respiré, me fijé y encontré más allá del altar un libro abierto que me atraía raramente; no estaba incrustado en joyas, no estaba muy bien cuidado, no contenía nada interesante, pero había algo en él que me obligaba a leerlo y a llevarlo conmigo. Estuve días en aquella iglesia, alimentándome de los que encontraba por la despensa
, aún me acuerdo de aquellos días en los que miraba por los grandes ventanales y sólo veía gotas de lluvia y un horizonte angustioso.

   Me consumía, la iglesia me consumía; al principio era agradable, pero al final parecía que me expulsaba.
No podía quedarme en la iglesia por más tiempo, es más, no debía quedarme... ¿Y a dónde voy ahora?, no había visto ninguna estructura mas allá de la iglesia y más atrás tampoco había nada que no fuese el pueblo. Y en el pueblo no pensaba acercarme nunca más.
   

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